Ir al contenido principal

En búsqueda de la felicidad

Estoy convencido que todos nos hemos propuesto en algún momento ser felices o quizás implícitamente nuestros propósitos y nuestros deseos están apuntando a eso, a buscar la felicidad, la vida que queremos tener, la perfección, las cosas buenas, estar bien, tener salud, tener un empleo que nos apasione, tener dinero para hacer realidad nuestros proyectos, tener cerca a nuestros seres queridos y un sinfín de cosas que consideramos «buenas» o beneficiosas para nuestra vida.

-¿Quién quiere estar mal?
-¡Nadie! 

Creo que eso sería incoherente con nuestra vida, va en contravía de la naturaleza misma, de sobrevivir, por supuesto que nadie quiere sufrir, nadie quiere sentir miedo, temor, rabia, estar triste. Pero ¿Por qué? ¿Quién nos enseñó eso? ¿Cómo sabemos qué nos conviene?. Es aquí donde empieza el dilema de muchos (me incluyo) a la hora de definir proyectos, tomar decisiones «importantes» y visualizarse más allá, porque no hay certeza de qué nos mantendrá bien, a salvo, tranquilos, con estabilidad emocional, laboral, sentimental, económica, mental, social, entre otros. 

Para definir una lista de propósitos y/o metas del año (o en distintas ventanas de tiempo), si es que lo hacemos por nosotros mismos, necesitamos alinearnos a algo, tener fe o la certeza de que nos hace bien. No podemos proponernos correr la media maratón, si no pensamos o creemos que hacerlo nos traerá algún beneficio. Estas metas deben apuntar a un objetivo más grande, como estar bien físicamente, tener cierto estatus social, tener la atención de cierto tipo de personas, demostrarnos que podemos hacerlo o cualquier otra cosa que de verdad creamos.

Mientras más te quedas contemplando, se hace más complicado. No es sencillo replantearse cada cosa que buscas o quieres en la vida, porque la mayoría de veces las cosas que decimos querer y decidimos buscar, nos las han impuesto las mismas personas que nos rodean, que nos influencian, quienes admiramos o a quienes tomamos de referencia para lograr éxito en nuestra supervivencia. Así que si no te has cuestionado aún cuáles son las áreas fundamentales en tu vida, qué prioridad le das a cada una de estas, sus objetivos a largo, mediano y corto plazo, teniendo en cuenta tus fortalezas y debilidades en cada área; probablemente no quieras hacerlo ¡Y mejor! porque así más tranquilidad vas a tener ¿O no?. A los que nos gusta complicarnos la vida, tratando de replantear todo, creyendo que servirá de algo: ¡Un saludo!. Y no, no es fácil, porque coexistimos con un ruido constante acerca de lo que es estar bien, tener éxito y demás, que llega por medio de las redes sociales, los comentarios de algún conocido, colega o familiar, el contenido que nos entretiene, entre otros; que perturba y difumina la verdadera «voz interior». 

«La voz interior» es ese clic que tal vez solemos sentir cuando algo nos gusta mucho y sabemos que es algo que queremos, sin echarle tanta mente. Ese clic ahora es distorsionado, es perturbado por querer ser otras personas, por buscar el éxito de otros en nuestras vidas. Es ese ruidito al que me refiero, y es un ruidito que empieza despreciablemente pequeño pero que va y va creciento lento pero constante en nuestra mente y de repente compramos algo porque alguien más lo compró y se ve lindo, usamos cosas que solo son valiosas por la retroalimentación que recibimos de ellas por los demás y así de repente puedes estar pensando en visitar un lugar, no porque te interese en sí, sino porque va a generar reacciones a tu alrededor, de aprecio, de asombro,  de admiración. Es aquí donde resultamos complaciendo a los demás, porque el clic ya no lo escuchamos o sentimos en nosotros mismos sino en los comentarios de aprobación de la gente y ese se vuelve nuestro referente para tomar decisiones, para proyectarnos, para marcar un camino de éxito y bienestar.

Por cierto, últimamente he notado en la gente una manía de contarle al mundo sus planes, sus metas, sus propósitos del año, y me pregunto ¿Con qué fin? ¿A quién le importa?. Y sí, tal vez contarle esas cosas a alguien muy íntimo o muy importante, puede ser una forma de fortalecer vínculos y compartir la vida con los que se ama. Es muy difícil obtener una apreciación valiosa de contarle tus sueños a cualquiera, ya que estas áreas de la vida y estas metas o propósitos están dados en un contexto, en las propias fortalezas y debilidades en el entorno actual. La gente que queda fuera de este contexto solo va a perturbar los sueños y las metas, los cuales solo cobran un verdadero valor cuando se sitúan en la vida de quien las propone. Creo que esta necesidad de compartir cada decisión que se toma, cada meta o plan que se establece en la vida, demuestra una búsqueda de aprobación, la cuál puede ser oportuna para esclarecer dudas o verificar la coherencia del plan propuesto con la vida quien lo propone, reafirmando la confianza en sí mismo y la capacidad de dirección con lo que se tiene hoy en la vida. Sin embargo, esta necesidad de aprobación es una vulnerabilidad que puede llevar a extraviarse en un lugar en donde ya no se tiene confianza en sí mismo porque todos los caminos parecen iguales de inciertos, donde los contextos no parecen propios y como consecuencia de eso el autoestima ya no sirve de nada.

El ser humano naturalmente está hecho para vivir en sociedad. No podemos pretender que se aisle del mundo para evitar el ruido y tenga éxito en su búsqueda de mejora contínua, si no interactúa y aprende de los demás. Somos animales, animales sociales y requerimos cierta coherencia con nuestra manada o sociedad. Es normal buscar aprobación de nuestro plan con nuestro entorno. La forma más instintiva de hacerlo es entendiendo y sabiendo interpretar nuestras emociones, que al final están para eso, para protegernos y ayudarnos a sobrevivir, para permitirnos vivir en armonía con nuestro entorno, a salvo, identificando el peligro, ahorrándonos sufrimiento, energía, evitándonos dolor físico y mental. En parte por eso es que existen tanto el dolor como el placer, para protegernos físicamente y creería que las emociones lo son pero a nivel mental. Una forma más racional es compararnos con quienes tienen un contexto similar al nuestro y que colocamos como un punto de referencia para definir si vamos bien o mal, sin embargo, es engañoso compararnos con las personas ya que así como se comparten muchas cosas, muchas otras no se dejan ver. El contexto de quienes admiramos no lo tenemos completo y podemos empezar a referenciarnos de una forma imprecisa en alguien y de ahí concluír cosas inciertas que muy seguramente nos van a hacer fracasar en lo que nos propongamos y como consecuencia de esto, alterar significativamente nuestra autoconfianza y autoestima.

Sin darnos cuenta, comenzamos a autosabotearnos el proceso y como un ciclo de retroalimentación positivo, la impresición de saber quiénes somos va creciendo de forma exponencial. Bueno, no literal, pero va a crecer hasta el punto en el que nos choquemos con la incertidumbre no solo del futuro, que es lo natural, sino de no tener claro quiénes somos y cómo oírnos claramente en cada una de las áreas fundamentales de la vida. Esto no es una invitación a detener todo y replantearse cada cosa, sino a ser conscientes de cómo estamos sintiendo el mundo, cómo lo interpretamos y qué decisiones tomamos hoy para qué alcanzar mañana. 

¡Ah y por favor: súbale volumen a ese clic, a esa voz interior! No deje que el ruido nauseabundo e inevitable de los demás le distorsione el suyo.




Comentarios